Autumn Castle

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jueves, 18 de octubre de 2007

Francia

Como a mi admirado Pérez-Reverte, digo citando uno de sus mejores artículos, a mí también me gustaría ser francés a veces. Simplemente hay que echar una breve ojeada a los textos de los Estatutos Gallego y Catalán, a los titulares de los periódicos, un par de declaraciones de Carod-Rovira e Ibarretxe y haber atendido, aunque sea mínimamente, a cualquiera de los últimos debates sobre el Estado de la Nación: en España no nos gusta la democracia y no sabemos, ni queremos, entender nada acerca de la auténtica democracia. Nuestra clase política, salvo escasas, escasísimas excepciones, es infame, deleznable, habiendo convertido España en un bebedero de patos, la política en un comedero de cerdos donde se ceban los gorrinos que se benefician de la desastrosa política que impera en las tierras ibéricas.

En España es imposible avanzar mientras se mantenga esta política en boga. Aquí, donde con idéntico entusiasmo le damos a la puñalada trapera, a la mentira, al desaire, a la venganza y al café con leche, sólo podemos estancarnos en nuestra propia inmundicia, o retroceder al oscurantismo. Sólo en España podríamos asistir pasmados al fenómeno de múltiples partidos nacionalistas coexistiendo en un mismo territorio acotado, existiendo partidos independistas de izquierdas, de derechas, de centro-derecha y de cero a la izquierda (¿se imaginan que obtuvieran la ansiada independencia de su territorio?), partidos nacionalistas que se presentan a elecciones generales ¡del Estado Español!, y demás estropicios políticos dignos de una novela bizantina.

No me voy a meter acerca de la ruptura de las españas, que si acabaremos estudiando en los Institutos Historia de los Pueblos Libres e Independientes de la Península Ibérica, que si personajes como Henry Kamen se pasan por la parte donde la espalda pierde su nombre la historia desde Indíbil a Adolfo Suárez. Pero asisto asombrado a un espectáculo donde un mohoso fantasma llamado Francisco Franco, que ya lleva sus años en la tumba, se remueve y sigue causando muertes, desaires, enfrentamientos, donde hay quien añora una república que fue una coalición de absurdos con los socialistas, los anarquistas y los comunistas haciendo cóctel y donde alguien que cobra sus buenos dos mil quinientos euros mensuales se declara abiertamente nacionalista anarco-comunista (¿?). Aquí ya no se decide por España, ni por los españoles. Decidimos por Cataluña, por Valencia, Navarra, Galicia, Asturias, León, Extremadura, Andalucía y ¡hasta por Taknara!, llevando la fórmula del ¿a dónde vas? – patatas traigo a su máximo exponente, con el PP gritando Santiago y Cierra España, el PSOE empeñado en espolear una cruzada antifascista mientras ellos mismos parecen una jaula de grillos, y partidos de toda suerte y dudosa legalidad (ejem) asisten asombrado a la Edad de Oro de la Política Española, donde Toda Gilipollez Es Posible y donde toda teoría descabellada, como la de la duramente oprimida Cataluña o la de, no se la pierdan, el Holocausto Gallego, puede tener lugar. En algo sí que los Españoles nos superamos: en poder tener doscientas cuarenta y siete opiniones distintas según la hora y el lugar, en ser rápidos en llamar fascista o rojo de mierda, en apuñalarnos y escupir en la herida. Por eso, como Reverte, yo también quisiera ser francés en esas ocasiones en las que veo a cincuenta tiñalpas quemando banderas de España, a los Obispos preguntando que qué tajada sacan ellos, el Gobierno y la Oposición mentando la virtud de las legítimas de sus adversarios y ciscándose en los muertos respectivos (que son exactamente los del otro bando), étc.

Pasen y vean: esto es España, asociación de amigos a distancia.

Mírame, pero no me toques.